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Blade Runner: Después de la muerte, la vida

Una vez que llegamos a la ciudad de Los Angeles en el año 2019 logramos ingresar al entorno de Blade Runner. Un mundo creado para un filme estrenado en 1982, que se sitúa en una fecha hoy tan cercana; con un aspecto aún futurista, pero espantosamente posible.

Una urbe oscura, sumida en polución y atacada por una lluvia ácida constante que llega a remecer las cabezas de los decadentes transeúntes. En las calles sucias y malolientes, los autos de diseños aerodinámicos se confunden con los vehículos voladores llamadas “Spinner”, que surcan velozmente cerca de las azoteas de los edificios.

Pero contrastando con este panorama están las habitaciones del magnate de la época, el doctor Eldon Tyrell. Éstas son amplias y luminosas, con bellos pisos y muebles, todo muy aséptico. La siempre presente diferencia entre los extremos de las clases sociales.

No se trataría de otra cosa, más que de la evolución lógica de la humanidad contemporánea. Una sociedad que destruye día a día su propio hábitat, y consume a los demás seres de la naturaleza.

¿Sueñan Los Androides con Ovejas Eléctricas?

El primer peldaño de este trabajo dirigido por el británico Ridley Scott está en la novela de Philip K. Dick (1928-1982) Do Androids Dream of Electric Sheep? (¿Sueñan Los Androides con Ovejas Eléctricas?), sobre la cual se tomaron los argumentos esenciales para crear el guión de lo que sería el filme.

Dick es un escritor norteamericano que comenzó escribiendo cuentos en revistas “pulp” del género fantástico y de ciencia ficción para después ingresar al mundo de la novela, donde plantea sus ideas respecto al mundo y sus posibilidades de retratar asuntos concretos, dentro de un género basado en lo futuro e inexistente.

El propio Philip K. Dick señaló que la ciencia ficción “crea un sentimiento muy extraño en ciertas personas: la sensación de que está leyendo acerca de la realidad, pero que se encuentra separado de ella en términos temporales. Es como si toda la ciencia ficción ocurriera en universos alternos, de modo que podría suceder algún día”.

Sus novelas suelen expresar la alternancia entre dos corrientes, una tendiente a la trascendencia y la otra a la corrupción, donde hay instrumentos del bien y del mal actuando en un delicado equilibrio que se ve destruido por la fatal intervención de una deidad superior, que generalmente no tiene nada de “humana”.

En Do Androids Dream of Electric Sheep?, el escritor no deja de señalar la crueldad de un creador que induce a sus criaturas a tener apetitos y aspiraciones imposibles de satisfacer.

En Blade Runner podemos encontrar este espíritu de crear un futuro basado en el presente, tanto en la novela que sirvió de base como en la obra acabada de Ridley Scott.

La muerta sociedad del futuro

En Los Angeles del siglo veintiuno ya no hay animales reales, ya no existe comida real ni fresca, las idiosincrasias y los idiomas están homogeneizados en base a la confusión de todos los factores. En esta sociedad todo es artificial, con búhos y serpientes robots o alimentos creados en un laboratorio. El aire -ya que no se puede construir en un laboratorio- es irrespirable y agobiante.

Un mundo donde todo ha sido exterminado excepto el propio hombre, el rey de la creación divina.

Esta es una visión que deja al espectador sumido dentro de la acción propia de la película, pero que no lo suelta una vez que ha terminado la reproducción de la cinta, quedando una gran inquietud sobre el futuro. Si en las décadas anteriores el público que asistía a ver películas de ciencia ficción donde predominaban las invasiones extraterrestres, podía salir aterrorizada mirando al cielo y temiendo que se posara un platillo volador, en Blade Runner la inquietud es distinta.

Ya no basta con buscar un miedo externo, ahora hay que mirar alrededor e intentar encontrar la catástrofe dentro del mismo ser humano y su entorno inmediato.

¿Es natural buscar la vida entre la muerte?

A pesar de lo estéril y decadente del entorno de Blade Runner surge la necesidad de la creación: Como vimos con los animales o alimentos y también -a pesar de no estar extintos- los seres humanos.

Teniendo claro que los Nexus 6 son androides copias casi perfectas de los humanos, o mejor dicho replicantes, y cuya labor específica es servir a la gente real en tareas no deseadas, como el trabajo en las minas o en otros lugares inhóspitos, debemos preguntarnos cuál es el trasfondo de estas copias de hombres y mujeres.

¿Cuál es la lógica del magnate y genio de la ingeniería genética Eldon Tyrell (Joe Turkel) y la corporación que encabeza? En resumidas cuentas Tyrell es un nuevo dios que posee su propia creación.

Pero esta inquietud y poder también está presente en un personaje, que dentro del escalafón social y del estatus de esta sociedad está muy por debajo. Y más allá del protagonista Rick Deckard (Harrison Ford), miremos a Gaff (Edward James Olmos), su compañero policía y una especie de detective de los años 30 en un mundo del futuro.

Una costumbre de Gaff es que realiza figuras con cualquier cosa moldeable que tenga a mano: Papel, aluminio, fósforos. Figuras como la de un unicornio, de animales como una oveja y un ave, u otros seres vivientes que seguramente no conoció jamás en sus formas verdaderas.

Éste, que explícitamente es un pasatiempo, se puede interpretar como uno de los ejes centrales de la significación de la historia de Blade Runner. A pesar de las diferencias extremas que existen entre este policía y el dueño de la Corporación Tyrell, tienen algo en común: Crear.

Es tan patente la destrucción de un mundo fértil y pleno de vida que en el inconsciente colectivo existe la necesidad de volver allá. Y cada uno lo hace con sus medios.

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